Hay creyentes que son difíciles de amar. En ocasiones, se trata de personas que encuentran difícil amarse a sí mismos. La mayoría de estos creyentes responden positivamente cuando se les confronta en amor y cambian. Pero cuando no lo hacen, nosotros tenemos la responsabilidad de “soportarlos en amor”. De la misma manera, cada uno de nosotros podemos en ocasiones necesitar que otros nos “soporten en amor” a nosotros.
Author: Luis Miguel Nuñez (Luis Miguel Nuñez)
Llevando las cargas los unos de los otros
Lidiar con el pecado en la vida de otros creyentes es una de las tareas más difíciles que Dios les ha dado a sus hijos. A nadie le gusta entrometerse en los asuntos de otras personas, y tampoco que nos rechacen por hacerlo. Sin embargo, estar dispuestos a enfrentar este tipo de riesgos representa una verdadera prueba de amor hacia la otra persona. También es una prueba de mi amor a Dios cada vez que estoy dispuesto a obedecerle aun en medio de circunstancias difíciles e incómodas.
Sirviéndonos los unos a los otros
La Biblia nos enseña que todos debemos ser siervos. Siervos de nuestro Señor Jesucristo y siervos los unos de los otros. Una de las maneras de autoevaluar nuestro amor por el Señor y por los demás es examinando nuestra disposición a servirles. Pablo escribió a los Gálatas que debían “servirse por amor los unos a los otros.”
Saludándonos los unos a los otros
Debido al hábito y la costumbre es muy fácil volvernos ritualistas al saludarnos unos a otros. Con esto no queremos decir que cada vez que saludemos a alguien debiéramos ser muy formales y serios. El problema es cuando muy frecuentemente somos superficiales.
Amonestándonos los unos a los otros
Cuando la amonestación se lleva a cabo de acuerdo con la Palabra, en el espíritu correcto, con las motivaciones correctas, y usando el método apropiado, la persona que no ha estado viviendo de una manera que honra el Evangelio de Jesucristo, normalmente se da cuenta del riesgo que estás corriendo. Y aun y cuando a esa persona le resulte difícil reconocerlo en el momento, es posible que en el futuro te agradezca por esa muestra de amor.
Aceptándonos los unos a los otros
Pocas cosas estorban más a la unidad espiritual entre los creyentes de una iglesia que cuando usamos reglas y estándares extrabíblicos para evaluar la relación personal que una persona tenga con Jesucristo. Cuando la aceptación o rechazo de otros está basada en una postura de legalismo, esto conduce a una cultura de crítica, de juicio, y de pseudo-espiritualidad.
Sintiendo lo mismo unos y los otros
Jesucristo es la cabeza de la Iglesia, y los creyentes somos su cuerpo, y miembros los unos de los otros. Sin embargo, cuando los miembros del cuerpo no se someten a la cabeza, esto es, no se someten a la voluntad de Dios, el resultado es una iglesia en la que falta unidad y coordinación, y que está llena de carnalidad y divisiones.
Dando honra unos a los otros
Cuando el Señor Jesús estuvo aquí en la Tierra, nos dejó el mayor ejemplo de cómo honrar a otros antes que a uno mismo. Una noche a la hora de cenar, Jesús –sabiendo bien que “el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba” –llenó de agua una vasija y se inclinó para lavar los pies de sus discípulos. Cuando terminó, compartió con ellos una lección que nunca olvidarían.
Dedicados unos a los otros
Cuando Pablo escribe a los cristianos en Roma que se “amen como hermanos los unos a los otros”, nos presenta otra poderosa metáfora de cómo debe ser la iglesia. La palabra que utilizó es philadelphia, que se traduce como “amor entre hermanos”, se refiere a la clase de afecto que existe comúnmente en una familia.
Miembros los unos de los otros
Hay poder en la unidad. Por eso oraba el Señor Jesús pidiendo que los miembros de su cuerpo, su iglesia, se unieran siendo uno de la misma forma que Él y el Padre son uno. Este es un requisito muy importante no solamente para la edificación del cuerpo de Cristo, su iglesia, sino también para poder dar testimonio al mundo. Este tipo de unidad vence al enemigo.